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[Episode Zero] Forasteras | Capítulo 3


Channnnnnnnnnnnn! Ahora que estoy de vacaciones dispongo de mucho tiempo y, además, por fin tengo la novela enterita para traducir, así que trataré de publicar los capis seguidamente y quitármela ya de encima, sobre todo porque lo que aguarda al final es lo que más me ha gustado de todo (detalles que ni por asomo se cuentan en el juego) y que creo que todos merecéis leer ya.

Así que los seguidores de la novela están de suerte ^^ Por otra parte, este capítulo está muy bien, es largo pero divertido con algunas de las chorradas y liadas en las que se van metiendo estas dos xD

Esta traducción española de Episode Zero: Promise, la novela oficial de Final Fantasy XIII, pertenece a
Final Fantasy XIII Blog (www.novacrystallis.net)
Si quieres poner el contenido en algún sitio, pídeme permiso o indica la fuente, por favor.


Descarga la novela y consulta el orden de los capítulos

Atención | El siguiente capítulo contiene spoilers del argumento. No lo leas si no has superado el juego.

Disfruta la lectura ^^


Forasteras: Capítulo 3


«¿Qué... es todo esto?»

«¿Crees que... puede ser un festival?»

Estar rodeadas por habitantes del Nido ya no era tan sorprendente como al principio. Cuando grupos de gente pasaban junto a ellas, ya no se ponían tan tensas. Se habían cruzado con muchas personas en su paseo desde el templo hasta donde estaban entonces, pero ninguna de ellas había intentado atacarlas, y ninguna de ellas las había mirado de forma extraña.

Al caminar junto a la playa, habían visto a chicas vistiendo ropas similares a las suyas, nadando en el mar. Era un alivio poder ver eso. Aparentemente, la gente de alrededor las confundía con ellas. Así era fácil escabullirse sin llamar la atención.

Había muchísima gente, mucha más de la que habrían imaginado ver en un solo lugar. Especialmente en un estrecho, angosto espacio entre edificios. Tanto Vanille como Fang estaban estupefactas entre la multitud, con las mandíbulas abiertas de par en par ante la situación.

«Movámonos», dijo Fang, sacudiendo la cabeza y poniéndose en marcha. Vanille la siguió. Eran las únicas paradas en medio de la calle, mientras la gente se apresuraba a pasar por todos lados.

Mientras caminaban junto a la carretera, se dieron cuenta de que toda esa gente estaba comprando. Tras inspeccionar más de cerca, observaron que todos los edificios situados a ambos lados de la calle eran tiendas.

«¿Son tiendas todos estos edificios?»



Pero, ¿cuántos había? Más de los que Vanille había visto nunca. Incluso había varias especializadas en prendas de vestir, cada una llena de una variedad diferente de color y diseño. No era de extrañar que su ropa no pareciera rara, con tal abundancia de estilos diferentes.

Había muchas tiendas distintas. Vanille vio una que tenía accesorios, otra que parecía vender papeles y bolígrafos, una de muebles en aquel lado de la calle... Y en el otro hasta había una que vendía lo que ella creía que eran alguna clase de vehículos alineados en el exterior.

Observando a la gente, vio a una niña escogiendo felizmente entre percheros de ropa. Por allí, a un niño pequeño que estaba lloriqueando, quizás intentando que sus padres le compraran algo. Una pareja feliz salía de una joyería. Todos y cada uno de ellos poseían miradas alegres en sus rostros.

«Me siento un poco mareada...». Vanille estaba cansada a pesar de no haber andado mucho. Intentar asimilar a la vez todo lo que veía la había dejado exhausta.

«Eh, Fang...». Estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo justo a tiempo. Fang parecía malhumorada.

«Ladrones...», murmuró.

Vanille agarró a Fang de la mano antes de que pudiera hacer nada. Entendía lo que estaba sintiendo, lo entendía mejor que nadie. Ella se sentía igual. Pero, ahora mismo, estaban en medio de territorio enemigo, y sólo portaban pequeñas armas, las cuales mantenían ocultas.

«Fang, no puedes...».

«Lo sé. Lo sé, pero...». Sus puños apretados, como si intentara reprimir su ira. «Todo esto se nos robó. Y aun así, ellos...».

Era bien sabido que el Nido era hogar de demonios. Los fal'Cie del Nido iban al Gran Paals, a llevarse tanto material como querían. Una vez incluso se llevaron un pueblo entero. Robaban el cultivo justo antes de la cosecha, y arrancaban metales preciados directamente de la tierra. Por eso pensaban que la gente del Nido era su enemiga.

Pero, tras haber visto a aquella anciana pareja el día anterior, y a toda la gente que pasaba junto a ellas, había empezado a pensar que era extraño. Y hoy, al ver a la gente comprar, las dudas empezaron a inundar su mente. ¿Realmente quería esa gente destruir el Gran Paals, y llevarse todo lo de allí?

Vanille había empezado a pensar, por lo que había visto, que no eran tan diferentes a su propia gente. Sus ropas eran diferentes, sus casas eran diferentes, el sabor de sus verduras y de su carne era diferente, pero quizás, en el fondo, eran iguales.

«Hoy hemos venido a recopilar información. ¿Vale?», susurró a Fang al oído. Vanille no quería que hiciera nada precipitado.

«... Vale», dijo Fang en un tono cortante. Vanille abrió la boca para decir algo, pero escuchó que una voz tras ella las llamaba.

«Hey, señoritas, ¿estáis solas? ¿Vais de compras? No parece que seáis de por aquí».

Al sonido de sus voces, Fang se puso tensa. Dándose la vuelta, se encontraron con dos jóvenes sonrientes. Vanille les miraba con cautela. Sus expresiones parecían afables y amistosas, pero eran muy diferentes a la anciana pareja que habían conocido el día anterior. Seguro que esta vez sólo estaban intentando pillarlas desprevenidas para poder capturarlas.

«No estáis asustadas de nosotros, ¿verdad?»

«No te preocupes, no somos unos bichos raros».

La expresión de sus caras y su lenguaje corporal delataban la verdad tras sus palabras. Tenían que estar planeando algo. Vanille dio un paso atrás, y Fang tomó su escondida arma.

«Oye, ¿os apuntáis a tomar algo? ¿O podríamos ir a almorzar, tal vez?»

A la palabra “almuerzo”, Fang y Vanille se miraron. No podían ser enemigos si les ofrecían sentarse con ellas en una mesa, y compartir comida y bebida.

«¿De verdad? ¿Comeríais con nosotras?» Vanille nunca habría pensado que un enemigo podría decir una cosa así.

«Hay un restaurante muy bueno cerca de aquí. Vamos, os lo enseñaremos».

«Sí, es un poco temprano, pero se puede llenar de gente a la hora del almuerzo».

Vanille miró a Fang. Parecía un poco perdida, y todavía estaba en guardia, preparada para sacar su arma en cualquier momento. Asintió ligeramente, indicándole a Fang que lo dejara correr por ahora.

«Está bien. Vamos a comer». Fang se dio la vuelta y asintió a los dos hombres. Ambos sonrieron. Eran sonrisas de verdad esta vez, no falsas como las anteriores. Vanille pensó que quizás sólo se había estado imaginando que ocultaban algo.

Fang hizo una mueca, como de costumbre, pero no podía negarse. Negarse a sentarse en una mesa con otro era lo mismo que declarar la guerra. Era demasiado peligroso empezar una guerra contra tanta gente y, si lo hiciera, entonces era probable que nunca pudiera encontrar la forma de recuperar la memoria.

Así que siguieron a los dos hombres, sin hablar con ellos ni entre ellas, hasta que les mostraron un restaurante lleno de gente.

«Y bien, ¿qué queréis comer?», preguntó uno de los hombres una vez llegaron a la mesa. «Qué extraño», pensó Vanille. «Si ellos son los que nos ofrecen la comida, ¿por qué tenemos que elegirla nosotras? Se supone que tenemos que comer lo que nos den. Así es como ha sido siempre».

«El menú está allí». El otro sonrió, y señaló a la pared. Vanille estaba todavía más confundida. «¿Qué es lo que quieren que hagamos?»

«Uhmm...».

Lo que estaba escrito allí, es decir, las señales de la pared, pertenecía a la escritura del Nido. Seguramente explicaba todo lo que tenían que hacer. Pero, desafortunadamente, ni Vanille ni Fang podían leerlo.

Vanille hizo señas con los ojos, intentando preguntarle a Fang qué es lo que deberían hacer. Fang asintió y fue a coger su arma.

«¡Eso no!», gritó Vanille, y se apresuró a detenerla antes de que fuera demasiado tarde. Los dos hombres la miraron extrañados.

«Er... no es nada. Quiero decir, nada, de verdad. No os preocupéis, es...». Forzó los músculos de la boca a fomar una sonrisa. Afortunadamente, pareció atontarles.

«Si no os podéis decidir, ¿qué decís del menú especial?»

«¡Vale! Tomaremos eso», asintió Vanille. Lo que fuera con tal de sacarlas del marrón sin que pareciera demasiado extraño. Uno de ellos fue a pedirlo. Vanille dejó escapar un suspiro de alivio.

«Bueno, ¿de dónde sois, chicas?»

De un problema a otro. No era una pregunta tan fácil de responder. Solamente tendría que sonreír y atontarles una vez más.

«Bueno... de lejos».

«¿De lejos?»

«Sí, de muy lejos». Por si acaso decidieran preguntar por el nombre de la ciudad, Vanille se apresuró a devolver la pregunta.

«¿Y vosotros, de dónde?»

«Somos de Edén. Ahí está nuestra Universidad».

«¿De-dén?... ¿Un-di-ver Ciudad?»

«Sí... la Universidad de Edén».

Parecía que repetir la pregunta no funcionaba. Vanille le susurró a Fang al oído.

«¿Has oído hablar alguna vez de De-dén? ¿O de Un-di-ver Ciudad?»

«¿Tú qué crees?»

«Genial...».

Fang se llevó un dedo a la frente, como si estuviera pensando en algo. Entonces, su rostro se iluminó.

«Si Un-di-ver es el nombre de su ciudad... entonces quizás De-dén es el nombre de la montaña o el valle en el que está, ¿no?»

Vanille se dio una palmada en la rodilla. Por supuesto. Tenía que ser eso.

«Perdonad... ¿pasa algo?»

Entre susurros y susurros, se habían olvidado completamente de los dos hombres. Afortunadamente, no parecía que hubieran escuchado lo que habían estado hablando, pero había sido muy grosero por su parte.

«Perdona, no es nada. Así que... ¿cómo es esa Un-di-ver Ciudad?»

«¿Universidad, dices?»

Vanille no sabía por qué le había repetido la palabra, pero asintió. Los dos hombres empezaron a hablar emocionados de “Un-di-ver Ciudad”. Era obvio que estaban orgullosos de su ciudad, y la querían mucho. Vanille se preguntó si sería un lugar del montón para vivir, o si, en cambio, esos dos en particular habían acumulado demasiado orgullo en relación a ella. Quizás las dos cosas. En cualquier caso, significaba que no tendrían que hablar más sobre ellas. A pesar de que apenas podía entender nada de lo que estaban diciendo, escuchaba y asentía a la vez, sonriendo.

«Siento haberos hecho esperar», dijo el camarero, interrumpiendo la historia. Puso los platos sobre la mesa.

«¿Qué? ¿Por qué está ya la comida aquí?», dijo Vanille, sorprendida. Pensaba que llevaría mucho más tiempo traerla. Por eso había intentando con tantas ganas hacer que los hombres hablaran de sus cosas.

«¿Qué quieres decir con “por qué”?» La miró muy extrañado. Aparentemente, no debería estar tan sorprendida.

«Es... no es nada. Oh, ¡mira esto! Qué buena pinta tiene todo, y me muero de hambre ahora mismo». Y entonces la volvieron a cagar. Juntar los dedos para dar gracias por el alimento era algo normal para Fang y para ella, pero los dos sentados enfrente no hicieron más que quedarse embobados.

«¿Qué es eso? ¿Alguna clase de hechizo?»

«¿Eh? Ah, s-sí, ¡por supuesto!»

«Qué chicas tan graciosas».

«¿E-eso creéis?»

Bueno, mientras sólo pensaran que eran graciosas, estarían a salvo. «Mientras no empiecen a pensar que somos extrañas», se dijo Vanille a sí misma. Le dio un mordisco a la comida. No tenía un sabor muy fuerte, pero no estaba mal. Esta vez era comida adecuada, no como la que habían comido el día anterior. Era comida que alguien había hecho para ellas, y por eso estaban agradecidas. Incluso aunque no fuera de su gusto.

«¿Es esta la sal? Espero que no sea azúcar», dijo Fang.

«¡Oh! Bien pensado, podemos ponerle sal. Pásame...».

«¿Qué haces? ¡No puedes ponerle tanta!»

Otro error. ¿Cuántos llevaban ya? Vanille sintió ganas de llorar. Pero a Fang, siendo Fang, no es que le importara mucho.

«¿De verdad? Siempre me lo como así». Fang esparció sal por su comida y se la metió en la boca. Los otros dos la miraron en un silencio aterrador.

«Um, bueno... es solo que... ¡le gustan las cosas saladas!»

Era completamente cierto. Fang amaba la comida salada. Pero, aparentemente, en el Nido no se llegaba a tal punto de amor cuando se trataba de esta clase de comida.

«Oh, vale. ¿Y eso qué es?» Ignorando las reacciones a sus preferencias alimenticias, Fang señaló por la ventana. La parte superior del templo era visible desde ahí.

«¿Eh? Ah, ¿te refieres al Vestigio de Paals?»

El hombre se sintió aliviado de haber encontrado un cambio de tema. Ninguno de ellos volvió a mirar el plato de Fang de nuevo. Probablemente estaban intentando no pensar en la sal.

«Sí, ¿cuánto tiempo ha estado ese... “vestigio” ahí?»

La miraron extrañados. Tal vez era algo que hasta los niños del Nido sabían. El agujero que ellas mismas estaban cavando se volvía más y más profundo. Vanille intentó poner alguna excusa a su obvia falta de conocimiento.

«Bueno... es que parecéis tan inteligentes... Sí, estoy segura de que sois muy, muy inteligentes». Aunque el cumplido era tan falso como un billete de treinta euros, valía la pena intentarlo. Puede que no les contentara, pero a nadie le sentaba mal un cumplido. «Simplemente pensé que, bueno, seguro que sabéis más que nosotras del tema. Digamos que... ¿más detalladamente?»

Las miradas suspicaces desaparecieron de sus caras, y se pusieron más animados.

«Bueno, según una teoría, ha estado ahí desde hace seiscientos sesenta y seis años. Aunque algunas fuentes dicen que desde seiscientos, y otras que desde seiscientos cincuenta».

Los ojos de Vanille se abrieron como platos. Ambas pensaban que quizás había sido hacía un par de cientos de años, pero escuchar la fecha real era sorprendente.

«Pero en los libros de texto aparece como: “Hace varios cientos de años, tras la Guerra de Oclusión, los fal'Cie lo trajeron de Paals”. Por supuesto, la teoría de que fue hace seiscientos sesenta y seis años es bastante popular, pero no hay ninguna prueba real. Siempre habrá opiniones diferentes».

Hace varios cientos de años, seiscientos sesenta y seis años... Esas palabras no dejaban de resonar en su mente. Su cerebro no registró nada del resto de cosas que dijeron.

«Así que ese... vestigio, o como sea, ¿qué hay de él ahora? ¿Les causó problemas a los de Paals que se lo llevaran?»

Los dos hombres intercambiaron miradas. Vanille se preocupó de haber dicho algo mal otra vez. Pero no, esta vez se rieron.

«¿Causarles problemas? ¿Estás de broma? Como si hubiera gente en Paals».

«¿No... hay?» Hasta Fang estaba de piedra.

«Paals es el infierno, nadie puede vivir allí. Todo el mundo lo sabe. ¿Qué pasa, dormíais en clase de Historia, chicas?» Sólo estaba gastándoles una broma, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Ella sabía que tenía que decir algo para que no comenzaran a sospechar, pero sólo consiguió soltar una risita.

«Bueno, dicen que ahí abajo hay bárbaros que no son muy diferentes a los animales, pero...».

«Bárbaros...».

«Sí. Que casi no pueden hablar y llevan por ropa pieles de animales. Durante la Guerra de Oclusión, los fal'Cie intentaron ponerlos a trabajar, pero llegaron a la conclusión de que no servían para nada».

Una neblina roja como la sangre nubló la visión de Vanille. Esos “bárbaros inútiles” eran su gente.

«Como esos son los únicos que viven allí, poco importa lo que nos llevemos, ¿no? Ya que les damos buen uso aquí, deberían agradecérnoslo».

Ella había oído de un pueblo que vivía en la pobreza desde que su cultivo fue desarraigado de la tierra antes de ser cosechado. Su ferrocarril dejó de funcionar, no pudieron conseguir combustible ni alimento, y todos murieron congelados. ¿Agradecidos? ¿Dice que deberían estar agradecidos?

«No saben nada», pensó Vanille. «No tienen que ensuciarse las manos, no se dan cuenta de las cosas horribles que están haciendo, sólo viven de lo que su fal'Cie se llevó de nosotros».

Bajo la mesa, sus nudillos crujieron. Sólo podía pensar en romper el plato que tenía delante suya. No era precisamente el autocontrol lo que tenía en mente, pero sí esperar. Fang tomaría la iniciativa, ella sabría qué hacer.

«Necesito hablar un minuto con vosotros fuera». Fang dejó de comer y se levantó.

«¿Qué? Pero si estamos en mitad del almuerzo...».

«No importa. Venid conmigo. Ahora». La voz de Fang era tranquila. Una pequeña sonrisa asomó en sus labios. No era una sonrisa real, pero sirvió para atontar a los hombres. Vanille entendió su verdadero significado, pero no dijo nada.

La inteligencia no debía ser una de sus mejores cualidades. Cuando Fang les dijo que salieran en mitad de la comida, debieron haber sabido lo que se avecinaba, que iba a haber una pelea. Era una ruptura de la tregua, una declaración de guerra. O quizás eso era algo que la gente del Nido simplemente no entendía.

Aun así, salieron con tranquilidad, no debían ser muy avispados. Incluso cuando se volvió obvio que se les llevaba a un lugar lejos de miradas indiscretas, ni siquiera se mostraron desconfiados ni se hicieron preguntas.

Cayeron sólo con dos o tres puñetazos de Fang. Patético, tan débiles como los pájaros y los peces del día anterior.

«En fin, lo siento por ser una bárbara. Eso es lo último que necesito que me digan unos bastardos como vosotros. Más despreciables que los gusanos que se arrastran entre la mierda».

Por supuesto, no podían oír nada de lo que ella decía. Probablemente serían más felices así. Fang les estuvo golpeando durante un rato, pero entonces, pensativa, se arrodilló.

«¿Qué sucede?»

«Sus cosas...», musitó Fang, empezando a rebuscar entre sus ropas.

«¡Oh!»

Podrían encontrar algo; podrían llevarse armas y usarlas en su propio beneficio. Vanille decidió ayudar y se inclinó sobre el segundo hombre.

«Es extraño...».

«¿El qué?»

«No tiene nada de dinero. ¿Ese sí?»

«Veamos... No, nada». De hecho, no es que tuviera mucho. Ni siquiera llevaban bolsas con ellos.

«Entonces, ¿cómo pagaron en el restaurante?»

Cuando abandonaron el restaurante, uno de ellos había ido a la caja a pagar. Si no llevaba nada de dinero, ¿cómo pudo haber pagado? Vanille le dio la vuelta y buscó en los bolsillos de su pantalón.

«¿Qué es esto?», dijo, sacando una delgada tabla del tamaño de su mano. Parecía estar hecha de metal. Era gris clara, pero tenía un círculo negro en el centro.

«Fang, mira esto. Es una... ¿tarjeta, de algún tipo?»

«Este tiene una también».

«Me pregunto para qué las usarán», pensó Vanille, y presionó el círculo negro. La parte gris se iluminó.

«¡Ahhhhhh, no! ¿Qué está haciendo?» Sorprendida, tiró la tarjeta lejos de ella. Se arrodilló en el suelo, observándola, y vio el color desvanecerse hasta que la tarjeta se volvió lo suficientemente clara como para ver a su través. Se preguntó qué clase de dispositivo podría ser. ¿Cómo podía un aparato tan pequeño lograr algo así? No había sitio para esconder los cables.

Vanille continuó mirando estupefacta cómo una imagen tridimensional empezaba a formarse sobre la tarjeta. Era la cara de una persona.

«Esto es...».

«Para identificar al propietario de la tarjeta».

Vanille la cogió e intentó presionar otra vez el círculo negro. Pero la imagen no cambió. Presionó en otras partes, pero no pasó nada.

«Creo que sólo puede usarla el propietario. Seguramente no servirá para nada más».

Fang asintió y examinó la otra tarjeta, comprobándola para ver si había algo más que pudiera hacer con ella. De repente, alzó la vista, sorprendida.

Un aleteo se oía cerca. Incorporándose rápidamente, se escondieron en las sombras que producía la pared. Un pájaro blanco, mucho más grande y peligroso que el acuático que habían visto el día anterior, descendió en picado. Aunque era un pájaro, sus ojos estaban situados en la parte frontal de su cara, en lugar de en los laterales. Casi parecía humano.

Salió volando tan repentinamente como llegó. En la sombra de sus alas pudieron ver las garras de un ave de presa. No parecía dispuesto a atacar, dando una vuelta en círculo sobre sus cabezas antes de desaparecer en el cielo.

«¿Ha visto ese pájaro lo que estábamos haciendo? Parecía tan extraño...».

«Por supuesto que no, no hay forma de que haya podido...».

«Sí, tienes razón...».

Vanille pensó que sus nervios solamente los producía el estar en pleno territorio enemigo.

«Oh, sí, me olvidaba de esto».

Fang todavía sostenía la tarjeta. Presionó el círculo negro, que se encendió con aún más brillo que antes. Hubo un corto chisporroteo eléctrico antes de que la luz se apagara y se mantuviera impasible.

«¡¿Lo has roto?!»

«Quizás». Fang chasqueó la lengua y presionó el círculo negro con más fuerza. Se encendió otra vez y el color desapareció y se hizo más claro.

«¡Oh, genial! Supongo que no está roto, después de todo», dijo Vanille, aliviada. Se inclinó para observarlo más de cerca. Aunque la otra tarjeta había mostrado el rostro de su propietario, ésta no mostraba nada en absoluto. No, había un escrito en la tarjeta, pero el lugar donde debería estar la cara era un espacio en blanco. Parecía como si el dueño hubiera sido borrado.

«Ah, ¿a lo mejor está rota?»

«Es posible». Fang golpeó la parte negra de nuevo. La pantalla cambió y aparecieron palabras. Pero, desgraciadamente, estaban escritas en el alfabeto del Nido, el cual ninguna de ellas podía leer.

«¿Crees que podremos utilizarla a partir de ahora?»

Habían escrito sobre la información del propietario original, pero no se sabía lo que pasaría si la usaran ellas. Ya habían tenido suerte de llegar hasta ahí.

«Probablemente. Pero, ¿qué haremos con ella?»

«No sé...». Vanille alzó las manos en señal de derrota. Si no sabían como funcionaba, no serían capaces de utilizarla.

«Bueno, deberíamos llevárnoslas».

«Y podríamos, también».

«Nos estamos convirtiendo en ladronas», pensó Vanille.

Se oyó un ruido. ¡Voces! Y acercándose rápidamente. Sin emitir sonido alguno, se pusieron de pie y echaron a correr.

«Realmente son nuestros enemigos...», susurró Vanille.

«¿Has dicho algo?»

«No, nada». Sentía su corazón pesado, pero forzó una sonrisa. En aquel momento tenía que concentrarse en correr. Pero había tantas cosas que Vanille deseaba poder olvidar...


Una vez regresaron al templo, no todo estaba como lo habían dejado. Había indicios de que alguien había usado el elevador. Un intruso.

«Hay alguien del Nido aquí dentro», susurró Fang, y preparó su lanza. Escucharon detenidamente, pero todo estaba en calma. Vanille miró hacia el techo abovedado.

Este templo fue originalmente creado para evaluar a aquellos que se convertirían en lu'Cie. En la parte más profunda, ellos se enfrentarían al fal'Cie Ánima tanto para ser puestos a prueba... como para ser elegidos. Los que albergaran malos pensamientos, o aquellos no aptos para convertirse en lu'Cie, serían incapaces de abrir las puertas sagradas. Lo relataban las enseñanzas de los sacerdotes.

«Ten cuidado».

«Lo sé». Se miraron entre sí y asintieron, continuando por el camino. Al subir las escaleras, intentaron que sus pasos no se oyeran, y escucharon atentamente en busca de cualquier ruido procedente de un intruso. Pronto llegaron a la primera puerta. Si se trataba alguien del Nido, no sería capaz de abrirla y todavía estaría ahí, caminando sin rumbo delante de ella.

«Bueno, dicen que ahí abajo hay bárbaros que no son muy diferentes a los animales, pero...».

Eso es lo que la gente del Nido pensaba de ellas. La gente que pensaba eso nunca sería capaz de abrir la puerta. Ni siquiera era apta para poner un pie en el templo.

Pero no había nadie delante de la puerta. El intruso debía haberla abierto y continuado adelante.

«Pero esto no es...». Vanille no encontraba palabras. Había indicios de que alguien había pasado por allí, pero no había tiempo para pararse a pensar. El intruso podría estar por llegar al centro, se tenían que apresurar.

El sonido de sus pasos ya no las preocupaba. Subieron las escaleras a toda prisa y montaron en el elevador. Pero no había nadie en la siguiente puerta, ni en la siguiente. Esa debería haber sido la prueba de que el intruso no tenía malas intenciones, pero, ¿cómo podía ser eso posible? La única forma de que hubiera podido ocurrir sería que la gente del Nido hubiera encontrado una manera de burlar las puertas sagradas.

«Esto no puede estar pasando...».

Habían llegado a la parte más profunda del templo. En la siguiente sala estaba el fal'Cie. Incluso ellas sólo habían estado allí una vez. No era un lugar al que se pudiera entrar sin más.

La puerta se abrió y encontraron al intruso tendido en el suelo. Inconsciente. Era una chica.

«Debe haberse perdido». Fang bajó su lanza. La chica parecía de la misma edad de Vanille, y no estaba armada. «Está completamente sola». Fang la miró con ojos fríos. Vanille podía decir lo que estaba pensando; estaba preguntándose si debía morir o no, para así no poder hablar con nadie sobre ir allí. Si la dejaran vivir, lo más probable es que trajera a gente de vuelta. Vanille examinó a la desmayada chica, y entonces...

«¡Espera!» Se arrodilló junto a ella y cogió su brazo. «¡Mira! Esta marca en su brazo...».

Era exactamente la misma marca que tenían ellas.

«Se ha convertido en... lu'Cie».

Tenía la Marca de un lu'Cie elegido por el fal'Cie Ánima, uno al cual se le daría una Misión.

«¿Por qué...?» La voz de Fang temblaba. «¿Por qué has elegido a alguien del Nido?» Su lanza resonó a través de la cámara al caer al suelo. «¿Por qué haría esto el fal'Cie?»

No hubo respuesta. Los fal'Cie no eran seres que pudieran ser cuestionados por los humanos.

«¿Cómo podría ella ser una lu'Cie del Gran Paals? ¿Intentas decir que somos iguales que ellos?»

«Pero es alguien del Nido. No se le puede dar una Misión...».

Una Misión. Cuando Vanille dijo la palabra, Fang se tocó el brazo. Bajo su mano, Vanille podía ver su blanca y quemada Marca de lu'Cie que ya no conservaba su forma original. Fang había perdido la memoria, ya no podía recordar su Misión. «Oh», pensó Vanille, «Así que es por eso». Sabía por qué el fal'Cie había elegido a un nuevo lu'Cie.

«Bueno... Vamos a sacarla de aquí, por lo menos». Fang cogió a la chica. Sus ojos no se encontraron con los de Vanille, pero ésta sabía que ambas compartían los mismos pensamientos.

Salió por la puerta. Cogiendo la lanza del suelo, Vanille la siguió. Echó una última mirada al fal'Cie Ánima, pero permaneció en silencio.


Fuera del templo, dejaron a la chica en el suelo, la cual seguía sin despertarse.

«Es nuestro reemplazo...».

Por supuesto que Fang lo sabía, desde el mismo momento en que había visto la Marca de la chica. Fang mantenía la cabeza apartada, pero Vanille podía ver que su cara denotaba tristeza.

«Somos unas lu'Cie patéticas, ¿verdad? Ni siquiera podemos recordar nuestra Misión. Por eso el fal'Cie ha elegido a alguien más».

«Esa no es la única razón», susurró Vanille en el fondo de su corazón. «Es culpa mía. Es todo culpa mía, porque yo... huí. El fal'Cie vio mis intenciones. Ahora que esa chica se haya visto involucrada en nuestros problemas es sólo culpa mía».

Los párpados de la chica temblaron. Estaba a punto de despertarse. No podían dejar que las viera, así que se escondieron en las sombras del templo para observarla.

La chica se sentó. Debía estar mareada, porque puso la cabeza entre las rodillas y se quedó así durante un momento. Todavía no había advertido la Marca en su brazo. Finalmente, se ayudó del muro del templo para ponerse en pie. Entonces, sus ojos se detuvieron fijamente en su brazo. Había advertido la Marca. La chica la frotó, como si fuera a desaparecer de tal modo.

«¿No sabe nada de los lu'Cie? No... hay fal'Cie en el Nido».

«¿Quizás no sabe lo que es porque la forma es diferente?»

Pero entonces, ¿qué debían hacer? Si ella ni siquiera se daba cuenta de que tenía que averiguar cuál era su Misión, entonces se transformaría en Cie'th. Pero, a no ser que le dijeran quienes realmente eran, no serían capaces de explicarle nada.

«Parece que lo sabe...».

De repente, se vino abajo. Pudieron oirla gritar que sólo era algo que alguien había grabado en su brazo. Incluso desde ahí, Vanille y Fang pudieron ver su Marca evolucionar. El miedo de la chica la había afectado.

Ahora lo debía saber. Que había sido elegida como una lu'Cie del Gran Paals... no, del “infierno donde los bárbaros viven”.

La chica estaba llorando. Incluso desde lejos podían ver sus finos hombros temblar. Finalmente, se apartó de la pared y se fue caminando con piernas temblorosas. Parecía tan frágil y triste...

Esto era algo que ellas nunca serían capaces de superar. La chica no tenía nada que ver con toda esta historia, pero se enredó en sus problemas solamente por el hecho de estar allí.

«No pongas esa cara».

«Pero...».

Una vez eras lu'Cie, ya no había marcha atrás. Su destino había cambiado para siempre. Y era todo culpa de ellas.

«Lo único que podemos hacer es averiguar nuestra Misión y completarla. Terminarla por nuestro bien. Y entonces podremos volver al Gran Paals».

Si la chica iba a ser su reemplazo, entonces su Misión tenía que ser la misma. Si la completaran, entonces ella no se tendría que transformar en Cie'th. Eso debía ser lo que Fang estaba pensando. Pero, aunque completaran su Misión, la chica era del Nido... Vanille dejó de pensar. La verdad era demasiado cruel.

«Fang, vamos a olvidarnos de nuestra Misión».

La Marca de Fang estaba muerta. Aunque no completaran su Misión, no se transformaría en Cie'th. Si esa era la verdad, no tenían que pensar más en ella.

«No lo haremos». Le dio un golpecito en la pierna a su compañera. «Tu Marca todavía está viva. Si no completamos nuestra Misión, te transformarás en Cie'th».

«No importa, yo no...».

«¡Eres tú la que dijiste que siempre estaríamos juntas, juntas para siempre!» Fang ahuecó la cara de Vanille entre sus manos.

«Siempre estaremos juntas...».

«Sí».

«Y regresaremos a casa juntas...».

«Eso es lo que nos prometimos, ¿recuerdas?»

Vanille puso sus manos sobre las de Fang y asintió.

«No, tienes razón... Yo...».

Se lo habían prometido hacía mucho tiempo. Estarían bien mientras estuviesen juntas. Nunca se separarían. Era una promesa que ella nunca desearía romper.

1 comentarios:

Eduardo dijo... [Citar]

chachiii! aunq ya m lo habia leido n ingles, es irresistible volverlo a leer! XD

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