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[Episode Zero] Forasteras | Capítulo 5

Esta traducción española de Episode Zero: Promise, la novela oficial de Final Fantasy XIII, pertenece a
Final Fantasy XIII Blog (www.novacrystallis.net)
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Atención | El siguiente capítulo contiene spoilers del argumento. No lo leas si no has superado el juego.

Disfruta la lectura ^^


Forasteras: Capítulo 5


El tren se deslizaba por la estación de Bodhum como si patinase sobre agua. La gente del andén comenzó a alejarse lentamente, pero pronto la ciudad entera empezó a desfilar ante sus ojos.

«Uoh...». Tanto Fang como Vanille se apoyaron contra la ventanilla del tren, observando la ciudad pasar a toda prisa. Al poco tiempo ya estaban fuera de ella, abrazando la costa.




«¡Mira eso! ¡Esa isla está flotando!»

«Oh, dios...».

Sintieron que las observaban desde atrás y se giraron para encontrar a los otros pasajeros mirándolas fijamente con cara de sorpresa. Vanille y Fang volvieron rápidamente a sus asientos. Ni siquiera se habían dado cuenta de que habían presionado sus caras contra la ventanilla hasta el punto de que todavía se podía ver el vaho que habían dejado sus alientos.

Alguien soltó una risita. Vanille se puso roja y bajó la mirada.

Echando de nuevo un vistazo por la ventanilla, vio el océano centelleando con la luz del sol que caía a su través. De repente, el tren se desvió y el vagón principal apareció a la vista. Vanille estaba impactada. No había raíles debajo del tren. «¡Mira eso!», dijo, cubriéndose la boca con las manos para que nadie pudiera ver lo que estaba diciendo. No quería que llamaran la atención otra vez, pero no podía contener su emoción. Tiró del brazo de Fang, señalando por la ventanilla las islas flotantes. Fang asintió.

«La tecnología que hay en el Nido es simplemente asombrosa», le susurró al oído. Quizás, si buscaran en todos y cada uno de los rincones del Gran Paals, podrían encontrar algo así. Aunque era improbable que llegaran a descubrir un tren que podía volar por el aire.

Una de las islas flotantes se aproximaba a su ventanilla, pero la dejaron atrás tan pronto como se acercó de más. El tren serpenteaba entre las islas cual hilo que atraviesa una tela.

«¡Mira! ¡Es una motocicleta aérea!», exclamó entusiasmado un niño pequeño desde el asiento de delante. Vanille estiró el cuello para intentar ver de qué estaba hablando. Había tres vehículos justo fuera del tren. Debían ser las motocicletas de las que les había hablado la mujer del día anterior.

«¡Qué rápidas son! Papi, ¿qué es más rápida, una motocicleta o tu aeronave?»

«Mi aeronave, por supuesto». Al contrario que al niño pequeño, que era demasiado bajito como para verlo, sí podían ver la parte superior de la cabeza del padre. Su pelo era como el nido de un pájaro, casi parecía como si un pequeño pájaro fuera a sacar la cabeza de allí en cualquier momento.

«Hay un montón de islas».

«La ciudad de Bodhum está formada por muchas islas», le explicaba a su hijo. Su voz era agradable.

«¿Es eso Bodhum? ¿Ese lugar que flota muy alto?»

«¿Muy alto? No, no es Bodhum. Es un lugar llamado “Edén”. Y Edén no es una isla».

Sus oídos reaccionaron a la palabrá “Edén”. Ese era el sitio del que aquellos dos hombres habían estado hablando el otro día. Pero no parecía que fuera una montaña o un valle. Era un lugar elevado, ¿pero no una isla flotante? Entonces, ¿qué era?

«¿Papi? ¿Has estado alguna vez en Edén?»

«Por supuesto, soy piloto. Incluso he estado en un sitio llamado Palumpolum. Allí hay más tiendas que en ninguna otra ciudad del Nido».

«¿Hay una tienda de juguetes?»

«¡Montones!»

«¿Y una de chocobos?»

«Montones de tiendas de animales».

«¡No! ¡Una tienda de chocobos!»

«Bueno, no estoy seguro...».

No estaban hablando de nada importante, pero Vanille disfrutaba escuchándoles. Eso era, probablemente, lo que significaba tener una familia. Continuaron hablando de todos los sitios en los que su padre piloto había estado. Había uno donde mantenían a monstruos y los dejaban deambular libremente, una ciudad que estaba llena de juegos y otras cosas divertidas...

Vanille comenzó a darse cuenta, mientras les escuchaba, de cuántos lugares diferentes había en el Nido, y cuánta gente debía vivir allí. Si tan sólo ellas no fueran enemigas, si el fal'Cie del Nido no les hubiera robado tanto... Podrían ir del Nido al Gran Paals libremente. Qué mundo tan maravilloso sería ese.

Ella no quería luchar. No contra ese padre y su hijo, o contra esa joven madre que conocieron ayer en la estación, o aquel grupo de ancianas mujeres. No quería hacerle daño ni a uno solo de ellos. «Pero, probablemente esté equivocada», pensó Vanille. «Siempre se me ha dicho que debemos luchar. Pero... Soy débil, así que no quiero. Fang jamás se sentiría así. Jamás se sentiría perdida. Ella lucharía sin importar el coste. Pero...

Fang no lucha porque es fuerte, aunque lo sea bastante. Ella lucha porque es buena persona. Nunca puede olvidar a aquellos que hicieron daño a la gente que ama. Pero, precisamente por eso no la puedo dejar luchar», pensó Vanille. Fang nunca se perdonaría a sí misma si le hiciera daño a alguien que fuera inocente.

«Tu marca todavía está viva. Si no completamos nuestra Misión, te transformarás en Cie'th».

Vanille recordó las palabras que Fang había dicho el día anterior. No importaba qué camino eligiese. Luchar, o no luchar. Fuera cual fuera el elegido, y todos los caminos que había elegido en el pasado, sólo conducían a una cosa: la tristeza de Fang.

«Eh, ¿qué pasa?»

Vanille alzó la vista, sorprendida. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta. Miró por la ventanilla y vio que habían parado. Estaban en una estación.

«¿Dónde...? ¿Qué estación es esta?»

«La última parada. ¿No has escuchado? Han dicho que es la estación de Euride».

Todos los pasajeros estaban de pie, formando una fila por el pasillo. El padre y el hijo que se habían sentado delante de ellas ya se habían ido.

«Me alegro de no haber preguntado cuántos días duraría el viaje...», dijo Vanille, suspirando.


Introduciéndose en la fila de pasajeros, salieron del tren. No las preocupaba perderse, ya que todos los pasajeros caminaban en la misma dirección.

Había una plaza alargada frente a la estación, y más allá un edificio que parecía una planta energética. En la plaza había puestos que vendían globos y caramelos. Estaba tan llena de gente y era tan ruidosa como el centro comercial de Bodhum.

Había gente haciéndose fotos delante de la planta, jóvenes parejas paseando de la mano, un grupo de jovenzuelos, una pareja de ancianos... Todo Euride poseía una atmósfera muy festiva.

En un rincón de la plaza había grupos de estudiantes escuchando atentamente a su profesor.

«Esta planta es mantenida por el fal'Cie Kjata, y crea la mayor parte de la energía que se utiliza en las ciudades cercanas a Euride. Todas las cosas que hacen nuestra vida más fácil funcionan gracias a la energía creada en esta planta. ¿Lo entendéis todos?»

«¡Sí!», gritaron los niños con voz emocionada. Los adultos que pasaban caminando junto a ellos sonrieron.

"No puedo creerme lo de esta gente», susurró Fang. «No saben nada acerca de cómo su fal'Cie se llevó todo de nosotros».

«Sí... No saben nada...». Pero, ¿era acaso un pecado la ignorancia? Vanille se lo preguntaba. Incluso aunque realmente lo supieran, sería un pecado. De igual forma, habrían hecho lo incorrecto. Ambos caminos daban lugar únicamente a la tristeza.

«Oye, ¿Fang? ¿Puedo elegir nada? ¿Puedo apartar mis ojos de todo esto...?»

«Está bien huir», se susurró a sí misma. Al mirar a Fang, supo que eso era algo que nunca sería capaz de decirle.

«Una vez completemos nuestra Misión, podremos dejar todo esto atrás. ¿Verdad, Vanille?»

En lugar de responder, Vanille cogió a Fang de la mano. Tal y como cuando eran niñas, juntas contra un mundo lleno de enemigos. Mientras estuvieran juntas, podrían seguir vivas. Mientras estuvieran juntas, no importaba a dónde huyeran...

«Llegaremos a casa. Lo haremos». Incluso aunque fuera en contra de los propios deseos de Fang.

La planta energética en la que el fal'Cie Kjata esperaba estaba justo delante de ellas. Vanille agarró la mano de Fang con más fuerza, y dejó que la multitud de gente las arrastrara.

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